jueves, 31 de enero de 2013

En homenaje a Jacinta Fernández de Conde Olgado

“EDUCANDO A LOS HIJOS TAMBIÉN SE HACE PATRIA”.
Por Marta Irene Maidana D.N.I. 4.422.236
LUNES, 28 DE ENERO DE 2013   
En homenaje a Jacinta Fernández de Conde Olgado
Durante muchos años me quedó grabada una imagen, una visión, que permaneció en mi mente durante más de cuarenta y tanto años, en el cementerio de Margarita Belén, ya casi borrosa. Una joven madre, rodeada de cinco niños, de no más de cinco o seis años; entre ellos, un bebé.
Era 2 de Noviembre y estaba frente a la tumba de su marido. Hacía un mes se había ido, mientras soplaba con fuerzas el Norte. Los niños corrían a su alrededor, felices, como si nada ocurriera. Era noticia en el pueblo; una más, entre tantas.
Quise saber, e indagando entre los vecinos y lugareños supe que su nombre era Jacinta Fernández. Había nacido cuando todavía el Chaco era fulgor verde. Desde su nacimiento había vivido en la localidad; una, entre once hermanos. En las tareas cotidianas, junto a su familia, se confundía en el paisaje blanco de los algodonales y era el canto de los pájaros una de sus melodías preferidas.
En atardecer de ese infinito cubierto de verde y blanco lo vio. Era el hijo de Lucía Mircovich y Manuel Conde Holgado. Su alma de niña adolescente, se atrevió a soñar, las musas se hicieron presente. Era el príncipe de sus cuentos infantiles, aparentemente inalcanzable, vestido con un traje azul mediterráneo, su pelo color oro, alto, sonriente, con una mirada cálida y transparente: un Adonis. Cuan ráfaga tibia y placentera, pasó por su lado y, distraídamente, con sus manos rudas y fuerte acarició su cabello. La vio como lo que era: una niña.
El suave aroma de su perfume, como un recuerdo perenne quedó impregnado en su memoria; indiscutiblemente, su fragancia preferida. En sus fantasías adquirió el rostro del protagonista principal, se atrevió a soñar; y tiempo después, con ya quince años, nuevamente, se volvieron a encontrar. Pero esta vez llamó su atención, y poco después se encontraba visitando su casa, y a los meses el sueño se hizo realidad, se casaba con Manuel Benito Conde Olgado. Ella, casi, dieciséis; el, veintiséis años.
Arrendaron el campo de su suegra, colaboraba con su marido de sol a sol. Recién empezaban y no había mucho para pagar peones. El segundo año la tierra había dado buenos frutos, el algodón tuvo buen precio y recibió muy bien a su primer hijo.
Además, tenían algo de ganadería, a la que él le dedicaba un tiempo mientras ella realizaba las tareas del hogar. El trabajo del campo es duro, requiere sacrificios; pero para los que aman la naturaleza, el laboreo de la tierra, todo es más fácil. El futuro se presentaba con buenas expectativas. Aunque la frágil salud de él algún sobresalto les daba. Debían trabajar mucho y fuerte para más adelante instalarse en la ciudad, donde sus hijos tendrían posibilidad de educarse mejor.
Fue así como llegaron al séptimo año, con mucho trabajo, mucho amor y cinco hijos. Habían decidido que además de algodón, hortalizas, maníes, sembrarían tabaco; y por eso, comenzaron la construcción de una estufa para el secado del nuevo cultivo. No pudieron usarlo, porque ese año sus problemas de salud se agudizaron. Se produjo un punto de inflexión en este devenir del tiempo, de un día para otro todo cambió. Hubo un antes y un después.
Fue una hermosa historia para que durara para siempre. Estuvo a su lado muy poco; tan solo siete años, el número bíblico de Dios; y tanto tiempo por delante, rodeada de un mundo de Conde Olgado para hacerla recordar. Una madre tan joven decían, no tendría más de veintitrés años, sola frente a la vida. ¡Qué sería de esos niños!, algunos pensaban “serán desparramados”; seguramente, los ubicarán rápido, son hermosos, se los ve tan saludables, sus pelos al viento reflejaban distintos contrastes frente a un sol que comenzaba a perderse en el horizonte. Sentí congoja, a veces la vida es tan difícil, inexplicable, se presenta árida, el futuro incierto, cambiante.
Es en las situaciones límites donde se ve el coraje y la fuerza de las personas, donde sale a relucir el verdadero espíritu, aparece la templanza de carácter; y sobre todo las convicciones para lograr las metas que nos proponemos. Esa mamá ¿lo tendría? Después de un rato frente a la tumba, la mujer salió con sus hijos y tomó un ómnibus a Resistencia. Miré hasta que se perdió en la lejanía.
Durante varías décadas nada supe, pareciera que se perdieron en las neblinas del tiempo y del olvido; pero siempre quedó la inquietud de saber que había pasado con esa familia que una vez fue vecina de Margarita Belén.
Todos los años visitaba el cementerio y miraba la tumba de ese padre. Al pie de la misma, había crecido un rosal, que, continuamente, florecía. Un día leyendo en el Diario Norte un artículo referente a una carpa instalada frente a Secheep, no sólo llegó a mi corazón, sino que también recibí la respuesta que tantos años esperé, completada, además, por otros conocidos. Esa mujer, esa Madre, nunca se desentendió de sus hijos y con alegría, con esfuerzo y con mucho amor, se ocupó y los educó, con el ejemplo de vida. Les transmitió sólidos principios, convicciones fuertes para pelear por un entorno mejor, para batallar por este Chaco nuestro que muchas veces es centro de injusticias. Fue pragmática, no se quedó en las nubes, tomó resoluciones, interpretó el contexto en el que le tocaría vivir a partir del punto de inflexión y actúo sin dudas. Siguió trabajando de sol a sol, ahora en la ciudad. Jamás se entrego, al fracaso ni a la frustración.
A igual que Juana de Trastamara (Reina de Castilla) quedó sin su compañero, envuelta en sus nostalgias, con cinco hijos más, ningún imperio: sensu lato, eligió vivir, asumió un compromiso con la vida, crecer juntos impulsando un espacio para ellos. La fuerza instintiva del amor que gobierna su corazón surgió con ímpetu. Les enseñó que la lucha por un mundo mejor comienza en ellos mismos, tratando de hacer las cosas lo más correctas posible; simultáneamente, con la realidad concreta en que se vive. Los formó, les transmitió valores, para resguardar sus ideas, para defender su posición, para construir un lugar donde vivir. Un futuro digno que su padre a pesar de los muchos proyectos no pudo darles; no hubo tiempo.
Tuvo temores, dudas, incertidumbre, pero la fortaleza fluyó, al igual que el río fluye hacia el mar; sus convencimientos, contribuyeron. La vida no fue dócil con ella, pero supo sortear los obstáculos, supero las adversidades y mantuvo la paz en todas las tempestades. Con el ejemplo educó a sus hijos, quienes se desarrollaron, estudiaron, forjaron sus propias familias, y hoy de distintas maneras en el campo profesional, empresarial, docente y/o en actividades solidarias que hacen al bien general cada uno hace su aporte a la sociedad; siempre en acción proactiva junto a esta gran educadora.
Viendo la actitud de esa madre frente a la circunstancias que le deparó el destino, que aun en la adversidad se armó de fortaleza por sus hijos, ciudadanos que con sus actos reflejan un profundo amor por la patria, podemos entender la lucha de Miguel Benito Conde Olgado, que por defender un ideal está con una carpa frente a SECHEEP, resultado de las tantas iniquidades que se producen en la vida. Lo que nos hace inferir que no es justo que tanto esfuerzo y dedicación sean desviados de su trayectoria por funcionarios insensibles que son los que nos deberían defender ante las injusticias. No es así como se construye la patria.
Dijo Monseñor Fabriciano Sigampa, que la base fundamental para prestar un buen servicio a la patria era honrar la verdad; siendo fieles, siempre y en toda circunstancia para hacer bien las cosas, pues de ese modo resplandecerá el potencial que hay en el hombre y en las cosas. El ejemplo de vida que encontramos en esta historia debe servir como motivación para muchos que se rinden ante la primera dificultad.
Hoy 2013, Jacinta puede decir que su aporte a la sociedad, su legado, fue el ser educadora, cumplió con su misión y con la patria; y tiene confianza en que la patria cumplirá con la suya actuando con justicia y verdad, no sólo con su hijo sino también a favor de los que suman y no de lo que restan. Esta madre que dio una descendencia útil e incluida dentro del sistema social; en la actualidad, con problemas de salud puede parafrasear, acertadamente, a Amado Nervo, y decir, En el atardecer de mi existencia, yo te bendigo vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida, ni trabajos injustos ni pena inmerecida; porque veo al final de mi rudo camino que yo fui la arquitecta de mi propio destino;(…) cierto a mis lozanías va a seguir el invierno!: más tu no me dijiste que mayo fuese eterno (...). Amé, fui amada, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!
Jacinta Fernández de Conde Olgado, mujer y madre por excelencia, educadora por opción. Estas son historias que deben contarse como paradigma de que cuando hay voluntad se puede lograr muchos objetivos en la vida.
































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